Pero tú no conoces a Cris. Para ti es solo el nombre de una de mis amigas. En cambio, para mí es alguien incomparable. ¿Me dejas que te hable un poco de ella? Justo el día que empezó el curso, a la vuelta del insti, entramos juntas en el portal, sin conocernos. Parecía de mi edad. Mientras esperábamos el ascensor, ella inició la conversación.

Hola -dijo con voz alegre-, vivo en el quinto desde hace una semana.

-Yo también soy nueva en este edificio -respondí.

A continuación se nos escapó a la vez la misma observación con las mismas palabras:

-Tú no eres gallega, ¿verdad?

Nos entró la risa y volvimos a responder a un tiempo de dónde éramos, mezclando nuestro respecti

vo y marcado acento catalán y mexicano. El ascensor abrió sus puertas. Entramos y pulsé los botones del quinto y del noveno.

-Ah, me llamo Cris.

-¿Cris, de Cristina?

-No, de zanahoria.

Reconozco que en mis labios esa respuesta hubiera sonado cortante, pero en boca de Cris era un golpe gracioso que te abría la puerta a la confianza.

-Yo me llamo Paula. ¿Qué estudias?

-Estudio prepa, en el instituto Santa Irene.

-¿Prepa?

-Preparatoria: vuestro último curso de bachillerato – aclaró Cris.

-Entonces somos colegas -dije, porque yo estudio lo mismo (Ayllón 2003, 27-28)».

Cris es muy activa y a la vez muy serena. Ya sé que puede parecer una contradicción, pero no lo es. Porque lo cierto es que siempre está haciendo o planeando algo, pero a su ritmo, sin histeria, con la misma suavidad de su cabello claro y de su hablar. Por ella he sabido que, en México, charlar es platicar, ahora mismo es ahorita mismo, y asombrarse es exclamar ¡ándale! Todo ello prolongando mucho las sílabas finales, con una entonación que en España suena exagerada y graciosa (…). Cris es un encanto, y para los chicos de su clase -por lo que he ido observando- es un peligro, pues va rompiendo corazones con su aire tan inocente y dulce, tan moderno. Parece que se toma todo a broma, salvo las notas. Y en realidad es al revés. Estudia en serio porque necesita el dinero de una beca, y si parece que vive alegremente es porque posee un raro don: sabe que su sola presencia aligera a su alrededor los problemas y agobios de la gente… (Ayllón 2003, 29)».

Aparecieron entonces Pedro y Luzma, los padres. Ambos son profesores en una universidad mexicana, en la ciudad de Guadalajara, y han hecho coincidir sus años sabáticos para venirse a España con toda la familia. Luzma, muy sonriente, me miró con ternura y me dio dos besos: <<Estás en tu casa, Paula>>.

Después, mientras las pequeñas seguían con sus deberes, Cris y Bertha me llevaron a su habitación. Para mí, traspasar aquella puerta fue como saltar el Atlántico en dos segundos y entrar en el México profundo, pues habían forrado las paredes y el mismo techo con fotos, pósteres, postales y banderitas mexicanas (Ayllón 2003, 61 – 62)».

Llegó la hora de cenar, y de esa cena guardo dos impresiones. Una es la explosión de alegría que siguió a cierta frase de Luzma que no entendí: <<He traído Porco Rosso>>. Otra, la curiosa sensación de estar en familia, entre los míos. Una sensación que pasó a ser desconcertante cuando Ana y María, después de cuchichear un rato, lanzaron a Luzma esta pregunta: <<Mamá, ¿puede quedarse Paula a dormir con nosotras?>>.

Vimos Porco Rosso después de cenar. Luzma es profesora de lenguaje audiovisual, y había prometido a sus hijas empezar el fin de semana con <<la película más linda del mundo>>. Porco, efectivamente, lo es, y en eso estuvimos de acuerdo las seis mujeres y Pedro (Ayllón 2003, 63)».

Ayllón, José Ramón. Diario de Paula. Grupo Editorial Bruño. Madrid, 2003

Con José Ramón Ayllón

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