
Siempre me ha gustado escribir: escribir cuentos cortos, escribir poesía, escribir en mi diario… Cuando tenía seis años y me preguntaban: ¿qué quieres ser de grande? yo decía muy segura: «escritora».
Con esa inquietud crecí llenando cuadernos y diarios con palabras cursis y complicadas. Llegó el momento de escoger carrera y me topé con la misma disyuntiva que me persigue todavía: ¿la vena social o la vena artística? En ese momento dejé palpitar a la vena social, que poco a poco fue apagando la artística, por lo menos en mis años en el CIDE.

Un gran amigo me invitó a concursar con un cuento corto en la semana cultural del CIDE en 2005 y resultó ganador. Ese cuento era «Dentro y Fuera» y fue el resultado de una tarde en casa de mi tía, la gemela de mi mamá, cuando tenía 17 años. Me acuerdo estar sentanda frente a la ventana, con una camisa roja de botones, viendo a cientos de jóvenes esperando entrar en el Colegio de México para hacer su examen de admisión. Mi papá estaba leyendo y mis hermanas y mi mamá platicando. Yo estaba, como muchas otras veces, escuchando esa vocecita inspiradora en mi cabeza y pensando en la inspiración. Pensaba en lo difícil que es ponerle palabras a los pensamientos, lo difícil de dibujar las ideas. Me frustraba la fugacidad de las ideas y su inminente pérdida en el tiempo si no son expresadas, si no son escuchadas.
Expresando esta inquietud y convirtiéndola en un reflejo de esta incapacidad para mostrar claramente los pensamientos, escribí «Dentro y Fuera», una historia sobre la interacción del pensamiento y la palabra de una misma persona.
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Dentro y Fuera
Por María Inés González
Primavera 2004
México, D.F.
Las letras se van dibujando al ritmo de los suspiros. Este impulso es una semilla de fuego cubierta por una esfera de invisibilidad. Unas ráfagas de pensamiento: miradas que tejen un cerebro fugaz. Miradas separadas por una circunferencia. Así vive: con destellos de comunicación entre Dentro y Fuera. La totalidad del infinito controlada por ellos.
Esta polarización ha ido consumiendo su creatividad. Dentro ve y avisa a Fuera que debe expresar la magnitud de esa semilla. Sin embargo, rebota el corazón contra el cristal tratando inútilmente de llegar a Fuera.
Todos estos años de crecimiento, han concluido en esto. Es intenso. Cada vez más repetitivo es el anuncio de la semilla, que quiere salir, que ya no cabe. Aguarda desesperadamente el momento de escapar y ocupar su lugar en un mundo vacío que la está esperando.
Fuera está desesperada -quizás por culpa de Dentro- pues tiene la seguridad de que hay algo: Dentro se lo ha dicho. Sabe también que es la única con posibilidad de liberarlo, aunque todavía no descubre cómo hacerlo.
Al mismo tiempo, Dentro siente impotencia al no poder ayudar a su compañera y sin embargo, no siente remordimientos por provocar su intranquilidad. Parece ilógica su falta de sensibilidad ante el desequilibrio que ocasiona a Fuera; está enamorado de ella y resiente más que nadie sus imprecisos movimientos, sus brazadas desesperadas para no ahogarse en un mar inexistente, en ese océano de la incertidumbre.
La semilla es la culpable. Dentro jamás imagina que Fuera no siente el calor que desprenden las llamas al crecer; la semilla lo emborracha como un licor insípido, como un veneno que hace ver ese calor como inmutable.
Los pensamientos de aquella persona se aceleran; se da cuenta que conforme pasan los años, la saciedad devora su creatividad, poseedora de Fuera y Dentro. Teme que al continuar el crecimiento descontrolado del fuego termine por completo con ella. Se aterra. Un escalofrío recorre su cuerpo al pensar en esa tétrica idea: una muerte. Un pisotón repentino que acabaría no sólo con el cristal, sino con el calor. Una extinción definitiva de la semilla, sin posibilidad alguna de llegar al lugar de su destino.
Angustia y miedo: distracción del pensamiento. Logra con sutileza alejar esa idea de Dentro. Curiosidad y retorno… miedo. Aparece la terrible angustia que acecha con la idea de muerte, de negación absoluta. Sufre vértigo ante el panorama, ante la condenación a reducir la existencia, ante la determinación de un fuego fatuo.
De pronto abraza a un viento vulnerado de malicia. Un viento que estimula en aquella persona el deseo de dar el paso definitivo que convierte la figura del horror en atracción, que despega al fin de la montaña el pie, que promueve el contacto con el precipicio. Es la tentación que seduce al miedo y lo convierte en atracción.
Impaciencia: en su mente obnubilada todo es claro, todo parece tener sentido. No sabe si es por convicción o por angustia.
Estruendo: la cascada de sangre empieza a formar un río que parece ir en busca del mar. La pistola resbala de su mano, ya sin fuerza, sin vida.
Un divorcio entre la perfecta unión de Fuera y Dentro. El eje invisible desaparece y vuelan, libre, alocadamente. Ven el fuego. Al fin, sin barreras observan la misma realidad. Ven el fuego… apagándose. Dentro y Fuera se elevan perplejos ante el panorama.
Quizás murió el fuego, quizás nunca existió. Hasta podrían creerlo, si no hubiera cenizas. Nunca se sabrá lo que Dentro y Fuera trataban de conseguir, pero la certeza de su acción es real.
¿Era tiempo ya o faltaban tan sólo unos momentos para que la semilla creciera lo suficiente como para derretir el cristal y resplandecer por siempre?
Volátiles, Dentro y Fuera ven a su hijo con amor y lo nombran. Todo gris, ligero. Polvo en el aire. El fuego abortado que en las cenizas dejó misterio.
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Cuando lo terminé se lo enseñé a mi papá. Era tan rebuscado que no le gustó, aunque no me dijo: lo vi en sus ojos. Pensó que era una historia de amor y sustituyó «Dentro» por «Fernando» y «Fuera» por Inés, y por supuesto la historia perdió todo sentido. Fue la mejor muestra de que «Fuera» y «Dentro» no fueron tan eficaces en compartir el fuego.
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