Por Inés González [] Guadalajara, Jalisco [] Primavera 2005
Un ladrillo. Otro ladrillo. ¿Qué es una torre sino muchos ladrillos? ¿Qué obstáculo es más grande que el impulso de un amor? Debe ser el pantano. Esa agua celosa que se auto envenena por envidia, por venganza. ¡Por supuesto! Es el pantano lo que le impide llegar. Sí, sí, debe ser eso… No es que él no quiera, ni que su amor sea tan débil que le imposibilite continuar, ¡no!, nada de eso: su amor es enorme. Pero entonces, ¿cómo explicarlo? Necesita una pronta respuesta que le saque de su desesperación.
Su cerebro se estruja con inusual esfuerzo. De pronto, aparece una cura efímera: seguro su pobre príncipe ha muerto en el intento. Ha muerto por ella, ha muerto por amor… ¡No!, ¡no! ¿pero qué está pensando? A ella no le conviene que muera… ni siquiera por amor. Bastante tiempo ha esperado como para dejar que fallezca en una romántica fantasía. Tiene que dominarse.
Empieza de nuevo. Esta vez tendrá que ser precavida al buscar la respuesta. Esta medicina tendrá que ser eficaz y desaparecer para siempre los efectos de la enfermedad. Sería fatal otro remedio fugaz.
Reflexiona. Su concentración es tal que su cerebro, sin resistir la presión, desiste sin haber conseguido logro alguno. Viaja… diez años en una burbuja de cristal preparándose para su cárcel de fuego, su jaula de ladrillos. Diez años memorizando la futura llegada de su príncipe al castillo. Y en su mente, el recuerdo vago de su madre repitiendo constantemente el idílico final de su historia. Diez años en cautiverio imaginando colores que no existen, tejiendo infinidad de veces el rostro de un amado desconocido. El resultado era siempre el mismo: noches y noches de espera en una historia que no se parece en absoluto a la descrita por su madre. Sinfín de segundos respirando esperanza y exhalando decepción.
De pronto, silencio: el viaje terminó. Al fin una respuesta que parece poner remedio a todos sus males. Ha tomado una decisión. El destino la ha estado manipulando y ya no lo permitirá. Un escalofrío recorre su cuerpo al pensar en el tiempo que el azar ha estado burlándose de ella. Se ha dejado llevar por el tonto ideal que le había presentado el destino a través de su madre. Ha pasado demasiados minutos enloquecida por pensamientos inútiles. ¿Pero cómo pudo ser tan tonta? Sin duda tiene que poner fin a todo esto.
Iracunda, se levanta. Sus pasos son firmes y decididos. Más que una princesa, parece una fiera acechando a su presa. Ante sus ojos, desfilan cientos de ladrillos, sus compañeros durante años. En otra ocasión hubiera observado el nuevo agujero que salió en uno, o la extra sombra que esta tarde tiene otro, pero hoy no.
Tiene que poner fin al asunto, cuanto antes, mejor.
No hay arma más peligrosa para un ser humano que su propia cabeza en soledad y su imaginación a rienda suelta.
Se detiene junto a la ventana. Observa el precioso espectáculo que el atardecer le ofrece. Inhala esos olores maravillosos y sonríe. Cierra los ojos. Inhala y serena, se lanza por la torre.
Sus ojos están abiertos bajo un cielo oscuro, pero esta vez, la princesa no puede ver su torre ni sus ladrillos. Y de esta manera sonríe finalmente el licor del azar, embriagador de impulsos, que una vez más, permitiendo creer que se ha decidido absolutamente en libertad, ha ganado la partida.
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Una princesa que se suicida porque no llega su príncipe azul: el último cuento corto que escribí en mis años en el colegio, muy poco antes de irme a vivir a México. Con él participé y gané en la Semana Cultural de ese año.

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