¿Coincidencias?
Creo que nací estresada. Desde que tengo memoria he tenido episodios
de preocupación y ansiedad por todo tipo de situaciones: desde cotidianidades hasta sucesos trágicos. Si me pusiera a escribir un listado de las visitas al doctor derivadas de mi aprensividad, creo que nunca terminaría. Y a diferencia de lo que muchos piensan, no creo que sea un problema del mundo acelerado de hoy, creo que es un problema de ser humanos. Me parece natural que a partir de cierto nivel de reflexión y conciencia sobre nuestra existencia, la vida empiece a asustarnos. Es normal tener miedo a lo desconocido y a lo que no es evidente y es casi imposible responder con certeza a las preguntas sobre el porqué y para qué de nuestra vida; es humano sentir vértigo de vez en cuando al pensar en el futuro de nuestros días y en la certeza de nuestra muerte.
Así he aprendido a vivir: preocupada. Creo que es mi peor defecto y sé que es que es un poco estúpido. Lo que me consuela es que si pudiera dominarlo, dejaría de ser mi peor defecto y quizás tendría que luchar contra algo todavía peor: podría ser controladora pública o una persona que no se ríe de la vida…
En retrospectiva, todo lo que en su momento me abrumó, estrujó y asfixió,
eventualmente dejó de preocuparme… para bien o para mal, pasó y dejó de ser algo importante. Y en los momentos difíciles, cuando ponía todo de mi parte y aún así estaba a punto de caerme por la cascada y acabar estampadita en una roca como estrella de mar, por arte de magia se resolvían y avanzaban las cosas.
A veces no entendía porqué no salía todo como yo lo había planeado, porqué no era capaz de controlar mi situación. Sin embargo, pasaba un poco el tiempo y empezaba a ver las cosas con perspectiva: al final lo que no había salido como yo quería, me había permitido estar en otro contexto, con mejores oportunidades, con grandes vivencias. Así fue como acabé en el CIDE, así fue como conocí a José, así fue como resultó el tema de mi tesis, así fue como llegué a mi primer trabajo profesional y conocí la responsabilidad social… Entonces pienso: ¿coincidencias?
Mi papá sabiamente me dijo un día que me sentía desconsolada: «no te preocupes, el paracaídas casi siempre se abre». Siempre vas a llegar bien al suelo y si no, pues será la única vez y ya estarás muerto, así que tampoco hay mucho que hacer. ¡Qué ironía! Algo que parecía ser una chiste de humor negro un poco pesadito (como buen chiste de mi papá), ha resultado ser algo muy consolador: una certidumbre de incertidumbre, probada con la experiencia.
Nací estresada, sí, pero espero morir tranquila, con la filosofía paracaidista.
Sígueme en @1nesga

Replica a Luzmariamom Cancelar la respuesta