Siempre he pensado mucho en las cosas extrañas que aprendí en mi casa. En retrospectiva, mucho de lo que mis papás decidieron hacer diferente me marcó tanto que me llevó a crecer peculiarmente (y no sólo de manera horizontal). Tengo que decir que los admiro tanto por la manera en que nos educaron a mí y a mis hermanas, que quisiera replicar algunos de sus experimentos con mis hijos (que por cierto, todavía no tengo).
*** 1 – Tratar a los niños como si fueran adultos***
Me he dado cuenta lo común que es que los adultos tratemos a los niños con mucha reserva y casi “traduciendo” nuestro mundo para ellos. Asumimos que se van a aburrir con ciertas pláticas y actividades y en lugar de darles la oportunidad de decidirlo por sí mismos, los alejamos de ellas.
Me sorprendo cuando pienso que en mi casa era todo menos eso. Decir que nos aburría estar escuchando a los adultos era casi como negarnos a aceptar una bolsa llena de dulces. Claro que no aguantábamos el tiempo que un adulto dura teniendo conversaciones interesantes, pero por lo menos nos íbamos familiarizando con ellas.
Mis papás solían platicarnos sus problemas en el trabajo o la situación complicada de alguien más y nos pedían nuestra opinión; muchas veces seguían nuestros consejos. Invitaban a sus amigos a cenar a la casa y nos retaban a hacer preguntas interesantes y a participar en las conversaciones.
Mi papá siempre fue fan de Octavio Paz. Me acuerdo muy bien de innumerables ‘sobremesas’ que se extendían hasta la noche en las que nos pedía un tomo de las Obras Completas de Paz de las Librerías del Fondo, o algún otro libro, lo leíamos en voz alta y comentábamos algún capítulo. La que lo interpretaba mejor se ganaba la promesa de $50 mxn (y digo promesa porque nunca cobrábamos de verdad).
Cuando tenía 11 años conocí el Museo de Louvre. No era el primer Museo en el que estaba, pero sí la primera vez en que estar en un museo de esa importancia, junto con toda la familia, le costaba -y mucho- a mis papás. Toda la gente les decía que estaban locos y que no teníamos edad para disfrutarlo. Hasta cierto punto tenían razón. La primera vez que vi arte renacentista, cuadros impresionistas (uno tras otro) y esculturas romanas (una tras otra), me cansó tanto que me puse a jugar cartas con mis hermanas pequeñas y esperé a que mis papás regresaran agotados horas después. Y debo decir que me divertí mucho jugando cartas en el Louvre.
Una de mis películas favoritas es “Los Amantes del Círculo Polar” y la vi por primera vez cuando tenía 13 años porque mi mamá quiso rentarla para que todos la viéramos. Tenía 9 ó 10 cuando vi “2001: Odisea en el espacio” de Stanley Kubrick. Y tenía 7 la navidad que me levanté y me encontré con un CD de Tchaikovsky, otro de Bach y otro de Simon & Garfunkel.

¿Coincidencias? No lo creo. Lo más sorprendente de todo, es que hayamos podido sobrevivir: vivíamos en una casa en donde sucedían muchas cosas poco comunes, y donde -al parecer de muchos- nos exigían demasiado. Pero lejos de traumarnos o presionarnos, el estar en contacto continuo con el mundo del arte, del cine y de las ideas, y con el reto constante de mi mamá y mi papá, empezamos a desarrollar poco a poco un criterio propio, y salía a relucir nuestra autenticidad, que nos hacía ser quienes realmente éramos y nadie más. Exponiéndonos a tantas cosas y tomando nuestras opiniones como si fuéramos cualquier adulto, aprendimos a decidir si algo nos gustaba o no y porqué, y luego defender nuestros gustos.
Tengo que aceptar que a veces tanta peculiaridad nos hacía un poco raras… pero, ¿me puedo quejar? Definitivamente no. A fin de cuentas, crecí con 5 hermanas que hicieron parecer peculiares a todos los demás, pero nunca a nosotros.

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